martes, 28 de diciembre de 2010

Ovum.

Hace un tiempo os hablé de alguien joven y lleno de vida, que había sufrido un linfoma de Hodgkin, y cual sería el proceso ideal en el que un paciente habría tenido un control total de su proceso para poder tomar por si mismo decisiones sobre su salud, decisiones sobre su vida.

Hubo dos comentarios, uno de Rosa Taberner y otro de la Dra. Cole, que me hicieron reflexionar... este post es pues el compendio de dicha reflexión.

Es cierto que en este momento el paciente no tiene opciones para participar de un modo igualitario en el proceso de decisión sobre su proceso, ni tan sólo para estar presente en el contexto de un comité de tumores, y también es cierto que hay un número importante de pacientes que no están preparados emocionalmente para ello.

Pero no podemos impedir que accedan a lo que considero es un derecho básico... ¿qué profesional asistencial, pues, establece a quién es conveniente introducir dentro de la cadena de decisiones, y a quién no?

Si se les ofrece la posibilidad de intervenir en la cadena de decisión, ¿cómo se puede garantizar su estabilidad emocional en caso de un pronóstico adverso?

Lo que sería quizás más lógico y legalmente aceptado es dejar la decisión en manos del paciente...

Pero intuyo que en caso de pronóstico adverso habría que introducir algún elemento evaluador, por mucho que me duela emplear esta expresión.

Tenemos además el problema de los hipocondríacos "empoderados": los cibercondríacos... se calcula que un 20% de la población española corresponde a este perfil, y de acuerdo con este estudio de Microsoft Research, de unos 160 millones de ciudadanos USA.

¿Cómo podemos gestionarlo?

Sigo reflexionando.

2 comentarios:

  1. Hay algo que ayuda mucho. Hablar, hablar, hablar. Comunicación 1.0. Aclarar todas las dudas o informar hasta donde el paciente quiera ser informado. Acompañarle en su enfermedad. No hay solución perfecta, pero hablar y dedicar tiempo al paciente ayuda,

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  2. Es una cuestión de libertad, de libertad para participar y para no hacerlo. De libertad para buscar sus propias fuentes de información si las que tiene no le sirven, de dudar si no le gusta lo que recibe, o incluso si le gusta. Se trata simplemente de poder elegir, en momentos en que la proximidad del trascendente momento de la muerte es una posibilidad cierta, o segura.
    De tener la seguridad de disponer de la mejor información y medios para paliar el dolor de los que se quedarán, de estar en la mejor disposición para afrontar la única vicisitud que, imperativamente, afrontaremos todos en solitario.
    Incluso la libertad de dejarse llevar y fingir que no pasa nada hasta el final.
    El sistema debería estar preparado para todo ello, y las modulaciones no deberían ser más que otra opción a disposición del paciente.
    En cuanto a los hipocodríacos, cuantos de ellos quieren estar enfermos y cuantos provienen de una inadecuada gestión, generadora de suficiente desconfianza como para, en muchos casos, huir de los médicos para poder estar enfermos.
    El resto, son, de nuevo, enfermos.

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