miércoles, 22 de junio de 2016

Cocinando una conferencia inaugural.

Al inicio de mi exposición. Foto cortesía de Mónica López (@mo1ni1ca1)
Decíamos ayer... Hace ya demasiado tiempo que no escribía nada en este espacio, así que hoy he decidido volver a la carga.

Han pasado muchas cosas en este año y pico que he estado "out", algunas explicables y otras no tanto, pero no es el objetivo de la entrada de hoy.

El día 1 de junio, mientras estaba comiendo con un amigo y compañero de batallas, recibí una llamada de un teléfono móvil que no tenía registrado. Temiendo encontrarme con el/la inevitable vendedor de telefonía móvil o de seguros, me puse al habla. Al otro lado, una voz de mujer. Me costó reconocerla. Era Marisa Merino. Médico, gestor, investigadora, líder del proyecto europeo Carewell. Inteligente y brillante a partes iguales. La conocí en una cena de EuskoSanidad Digital -el equivalente en Euskadi del mítico grupo de Whatsapp de Health20BCN-, la tenía sentada justo enfrente. Alguien difícil de olvidar. Volviendo al hilo de la cuestión, me contó que quién debía dar la conferencia inaugural había excusado su presencia en el Congreso Europeo de Salud Digital y me propuso que la hiciera yo. Dudé solo un milisegundo. Acepté.

Tras colgar, pensé "y ahora de qué hablo", porque a todo esto, tenía escasos 15 días para preparar la conferencia. No era una ponencia más. Y tenía que ser un punto más que un TED. Marisa estaba volando, así que llamé un poco más tarde. La pregunta que me hizo fue "bueno, y a todo esto, ¿qué nos vas a contar?". Ella estaba con Mónica López, mi gran valedora. Le expliqué someramente lo que tenía en mente. Ofrecí enviarle una propuesta de guión. Le encantó.

El siguiente paso es reclutar un equipo. Para mí, preparar una conferencia significa trabajo en equipo. Dado que iba a representar desde un punto de vista institucional a la compañía para la que trabajo, pedí a Francisco Araújo, el MarCom de Costaisa, que me asignara un diseñador gráfico. También me dio un valioso consejo: una conferencia inaugural debe ser disruptiva. Debo añadir que Costaisa me dio total libertad para que hablara de lo que quisiera, sin ningún tipo de corsé ni exigencia, cosa que agradezco profundamente.

Por otro lado tenía al equipo EHROS, formado entre otros por Inma Roig y el Dr. Damián Gallegos. Ellos me ayudaron a pulir algunos aspectos del guión y a la búsqueda de referencias bibliográficas. Especial mención a Inma por su apoyo y visión.

También necesitaba un punto de vista externo. Que pudiera tener, por independiente, una visión crítica del discurso, alguien que fuera capaz de ponerme en crisis. La elección recayó en la Dra. Eugènia Miranda, de la Xarxa Santa Tecla. No puedo estar más satisfecho de su aportación. No se limitó a revisar el speech: hizo más. Gran parte del éxito de la conferencia -lo digo públicamente- se lo debo a ella. Marcó la diferencia. No se puede imaginar lo agradecido que estoy a sus sugerencias, a su apoyo y sobre todo, a su visión fresca y diferente de la jugada.

Crear una buena conferencia es como practicar buen sexo: poco a poco se tiene que acariciar la imaginación de la audiencia, hasta lograr llevarla hasta el clímax.

Preparé un guión con cinco ideas directrices -al más puro estilo TED- muy disruptivo, buscando el equilibrio entre el leitmotiv del congreso con el toque humano.

¿El resto? Sensaciones personales, sobre todo. Los ensayos "ad nauseam". La presión de que dar una conferencia inaugural crea hasta cierto punto el marco de referencia de las siguientes intervenciones. El temblor de mis manos mientras hablaba. Algunos "lapsus mentis". A pesar de todo, tras 51 minutos, el auditorio aplaudió. Lo mejor, las felicitaciones generalizadas, empezando por la propia Marisa. Como siempre, soy mi peor crítico. Hay cosas que debo mejorar.

¿Cuándo me podréis ver? Tan pronto esté disponible el video, en el próximo post...

Para amenizar la espera, aquí tenéis el fantástico resumen de sketchnotes realizado por Mónica López.


¡Paciencia!

miércoles, 22 de abril de 2015

La mente colmena.

4 de noviembre de 2014. 50 personas reunidas en un garaje. WiFi, futbolín, bebidas. Buen rollo a espuertas. Una misión: Juntos contra el aislamiento digital. Un ambiente adecuado para dar rienda suelta a la creatividad del grupo. No hay espacio para lurkers.

Se establecen diferentes grupos de trabajo, cuyos integrantes van cambiando con el tiempo. Llega el momento de coincidir con el resto de mi grupo, el mixto, liderado por la Sardar Sherpa Esther Román, y compuesto por Iñaki González, Lara Hernández, Paula Traver y un servidor.

Aparece la expresión "mente colmena". 

Se produce un momento de silencio.

¿Qué es una mente colmena? Fácilmente lo podemos asociar a una organización social basada en el modelo de las abejas. Vamos a ir un par de puntos más allá.

La definición clásica de mente colmena bien pudiera ser la capacidad de organización de un grupo de trabajo interdisciplinar (o multidisciplinar) y donde prima la horizontalidad: nadie es más que nadie y sólo prima el bien común. Como definición, bien, pero poco ambiciosa. 

Mi visión de la mente colmena es que todos y cada uno de nosotros somos nodos en una red global, en la que cada uno aporta su conocimiento y su experiencia. En la que cada nodo confía plenamente en los conocimientos y experiencia del resto de nodos. En el que un nodo no tiene necesariamente cómo saber hacer una tarea sino quién posee el conocimiento necesario para realizarla. En el que cada nodo tiene una base cultural amplia y suficiente madurez para compartir, para dar, para recibir. Para enseñar, para aprender. Es la escucha activa, la asertividad, la empatía. Es el trabajo en red, es la cultura en red. Es el conocimiento, entendido como la capacidad de compartir experiencia y visión. Es el liderazgo compartido. Es la generación pura de emoción.

Esto es un #sherpas20. Yo lo soy. ¿Nos acompañas?

martes, 21 de abril de 2015

Smartphones: sí, también son wearables.

Creo que todos ya hemos oído hablar de los wearables. Para los que prefieren el palabro en castellano, llevables o ponibles.

Los hay de todas clases, formas y funciones, como ya mostré en este post.

Para el usuario medio, al que este tema no le deja de llamar la atención, el gasto de una cifra que oscilará fácilmente entre los 100 y 200€ para un dispositivo que prácticamente cada noche tendrá que poner a cargar, que no funciona si no está el smartphone, y que al final, si no se halla una utilidad percibida -las personas que cuidan su forma física en gimnasios o practicando running lo apreciarán- los acabarán arrinconando por falta de adherencia.

La pregunta es: ¿no sería posible tener algún tipo de dispositivo que nos cuente pasos, kilómetros, pisos subidos... sin tener otro gadget? ¿Sin tener que gastar más dinero?

Pues sí, es posible: con nuestro smartphone.

Rebobinemos: dispongo para uso en la Unión Europea de un iPhone 6, y en Latinoamérica de un Moto G 2014.

En el iPhone a partir de iOS8 viene instalada la app Salud. Para el Moto G me he bajado Google Fit. A efectos de lo que voy a mostrar, la app Salud y Google Fit tienen un comportamiento parecido. En ambos casos, para que funcionen correctamente, hay que introducir como mínimo talla, peso, sexo y edad.

Tanto Salud como Google Fit funcionan en segundo plano, cuantificando desde el momento que el smartphone se pone en marcha, por lo que es posible llevar un control del ejercicio sin prácticamente darnos cuenta. Por supuesto, ambas apps se pueden integrar con wearables al uso. 

También hay otras aplicaciones, como RunKeeper, que son capaces de trabajar automáticamente en segundo plano (si se dispone de iPhone 5S o iPhone 6, dado que aprovecha características de los coprocesadores M7 y M8 de Apple).

Visto esto, el sábado 18 de abril decidí hacer una prueba: me puse unos tejanos, el iPhone6 en el bolsillo delantero izquierdo y el Moto G en el bolsillo delantero derecho. Como me gusta caminar, anduve el trayecto que muestro a continuación:


Este es el recorrido que recogió el Historial de Ubicaciones de Google.

De acuerdo con la traza, 3.9Km de ida y 3.9Km de vuelta.  

Las capturas se realizaron el sábado por la tarde tras finalizar el paseo. Estos son los resultados:

App Salud.

Google Fit.
Google Fit.


La app Salud da una información bastante completa, como se puede comprobar. La diferencia de pasos entre Google Fit y Salud es debida a que el dispositivo Android lo puse en marcha para la prueba, mientras que el iPhone ya andaba dando tumbos por casa. En cuanto a Google Fit, tal vez no da tanta información, pero cumple también su cometido.

Para los más acérrimos defensores de los wearables, faltarán cosas como los movimientos cuando dormimos o bien el pulso. Se puede criticar también que si hacemos running dónde situamos el smartphone (respuesta: en el brazo, que ya nos sirve de soporte para que conjuntamente con auriculares se pueda escuchar música). Este post no es para ellos... ;-)

Para el común de los mortales, el uso de estas apps puede ser una manera low-cost de medir el ejercicio sin tener que comprar ningún gadget.

viernes, 17 de abril de 2015

De ratones y certificaciones.

Entro en LinkedIn y veo una actualización del status de un amigo. Ahora es asesor de una compañía desconocida. Busco la empresa y aparentemente es un portal que mantiene una historia clínica en modalidad ASP. No hay referencias, poca información y cláusulas un tanto abusivas. Para acabarlo de arreglar, en las condiciones de privacidad mencionan a Google AdWords. ¡Apaga y vámonos!

Anoto mentalmente que nunca iré a consulta con ningún médico ni centro que tenga esta HCI. No me merecen confianza. No me la merece ningún centro que no respete la normativa vigente, por mucha excelencia clínica que me vendan.

Este es el desencadenante de esta reflexión.

Todos, más o menos, en diferentes foros, hemos manifestado nuestra preocupación por la avalancha de apps de salud. Y todos en algún momento, hemos manifestado nuestro convencimiento de la necesidad de la regulación, acreditación, certificación u homologación de las mismas.

Pero nunca, ninguno -con la honrosa excepción de Julio Mayol- ha planteado la necesidad de certificar u homologar el sistema de información sanitario que se implanta en una consulta, en un centro sanitario, en un hospital... en una Comunidad Autónoma.

¿Y por qué? Se supone que con el cumplimiento de la normativa reguladora básica debiera ser suficiente. LOPD y autonomía del paciente, entre otras. ¿Exigimos un certificado que acredite que es cierto lo que manifiesta el proveedor? De hecho, fuera de la presentación de normas ISO, y cumplimiento de estándares como CMMI, en España pocas veces se exige. Aparte del pequeñísimo detalle que no existe una autoridad de certificación como tal ni una normativa que detalle los mínimos exigibles para un sistema de información sanitario.

En otros países es diferente. En Estados Unidos o México, por poner dos ejemplos, existe una normativa donde detalla qué requisitos debe cumplir una HCI, cuáles son los planes de prueba que debe pasar para poder homologarla y cuáles son los organismos que pueden expedir el certificado.

¿Y cuál es el riesgo y el porqué de este post? Porque aunque las grandes organizaciones sanitarias a priori disponen de equipos humanos de Sistemas que se encargan de verificar la veracidad de las afirmaciones de cada uno de los vendors, existe un nicho de mercado, el de las consultas privadas, que casi siempre por desconocimiento, pueden llegar a usar sistemas que no cumplirían la legislación tanto de protección de datos como la relativa a Sanidad.

Así pues, la definición de los tiempos de respuesta a incidentes (SLA), qué pasa si me quiero ir de tu HCI a otro HCI, costes de mantenimiento y qué incluyen, quién es el responsable de los datos, las medidas de seguridad, el documento de seguridad, los cambios evolutivos obligados por legislación a cargo de quién van, entro otras, tienen que ser las preguntas que deberían poder contestar cualquier empresa proveedora, así como, si es modalidad ASP, dónde residen los datos, entre otros. Y si es cloud, dónde está situado dicho cloud y si está homologado por las autoridades de protección de datos.

Un detalle: a día de la publicación de este post, el único proveedor de cloud que está expresamente autorizado por la Agencia Española de Protección de Datos es Microsoft con su plataforma Azure, quedando expresamente recogida en la resolución los "datos especialmente protegidos".

Para que nos hagamos una idea, la actividad sanitaria privada, según datos publicados en marzo de 2015 por la Fundación IDIS, supone el 28% de la asistencia sanitaria de nuestro país.

Garantizar la seguridad de los datos de los ciudadanos que libremente escogen la medicina privada debería ser también una prioridad.

jueves, 12 de marzo de 2015

Un sábado cualquiera.

Comentario publicado originalmente en el grupo de Facebook "El médico de mi hijo.".

Sábado, 21 de febrero de 2015, 11 de la mañana. Plaza del Zócalo, México DF. 

Seis mujeres con bata blanca y acreditación oficial. Una de ellas porta una nevera portátil. Sólo se dirigen a transeuntes con niños pequeños. Se están moviendo entre el gentío que a aquella hora abarrota la zona. Veo un cartel. Una campaña de vacunación contra la polio. Me acerco. Están hablando con un padre. Porta en brazos a un niño de unos dos años. Una de ellas le pregunta al padre si el niño está vacunado. Le contesta que no. Le ofrece vacunarlo allí y ahora. Le informan de que le administrarán la vacuna por vía oral. El padre asiente. Mientras la mujer de la nevera la abre para preparar la dosis, otra muestra unos adhesivos con smileys :-) con el fondo amarillo. Se los enseñan al niño. El padre le abre la boca. El niño protesta, pero la mujer ya ha conseguido que tome la dosis. 

El padre pregunta. Las vacunas son gratuitas, le informan. Le indican dónde puede llevar al niño a vacunar. El padre se despide. 

Las mujeres me miran con curiosidad. Mi aspecto para ellas es el de un gringo. Pierden rápidamente el interés en mí, pues ya han localizado a una madre con otro niño... 

Las vacunas salvan vidas.