Futuro.

El sol primaveral acariciaba con sus tenues rayos la mesa del restaurante donde estábamos comiendo, situados en una sala discreta y al albur de miradas no deseadas; compartía mesa y mantel con una persona maravillosa, generosa como pocas y a quien debo mucho.

La conversación giraba sobre temas ligeros y al mismo tiempo trascendentes: trabajo, familia, hijos, amigos comunes, tras lo cual, nos quedamos en silencio durante unos segundos que parecieron eternos; entonces ella me miró a los ojos y me dijo "Rafa, tengo miedo... el futuro me da miedo".

No es la primera persona, ni la única, que a lo largo de estos cinco meses que llevamos de 2012 me hace un comentario similar; vivimos en tiempos inciertos, de franca zozobra, en la que el futuro nos aterra, pero no por futuro sino por desconocido y porque intuimos que no nos depara nada bueno.

Y es que el hombre es animal de costumbres, adictos a las zonas de confort, de las cuales nos cuesta movernos y es por eso que somos generalmente reacios a los cambios -recordad el refrán "Más vale malo conocido que bueno por conocer"-; y nuestra mente, como mecanismo de defensa ante aquello que percibe como desconocido, activa aquella emoción a la que llamamos miedo.

El miedo es, en realidad, un mecanismo de defensa cuya función principal es la de preservar la supervivencia del individuo; nos hace más conservadores, más prudentes y hace que en general, en situaciones de estrés y riesgo optemos por las soluciones menos lesivas.

Afortunadamente hoy en día, las situaciones en las que el miedo actúa como moderador en situaciones de riesgo vital no se dan con mucha frecuencia; en cambio si se activan cuando hay un riesgo de cambio de ciclo vital, y es cuando nos vemos abocados a enfrentarnos con aquello que percibimos como desconocido.

Tener miedo es una emoción normal, compartida con otras especies de mamíferos superiores; y francamente, no creo que de los que dicen que no tienen miedo a nada realmente no conozcan esta emoción; en suma, no es malo tener miedo, pero es mucho mejor gestionar ese miedo.

Cabe decir que no veo al miedo como una emoción unitaria, sino que se podría diferenciar  en diferentes tipos de miedo: desde el miedo provocado por un cambio vital traumático, como el provocado por una pérdida de empleo, de status económico o social, de un ser querido -incluídos defunciones, separaciones y divorcios- y que podría superponerse a la sintomatología de un trastorno adaptativo por duelo, hasta los miedos debidos a inseguridades, ya sea profesionales o personales, y que en algunas ocasiones hacen que anticipemos un dolor que en muchas ocasiones no se llega a producir, y por ende imprimen a todos y cada uno de nuestros actos de una prudencia que, a veces, puede resultar excesiva.

De ahí que cuando pasamos por una situación en la que nos sentimos débiles busquemos en nuestro entorno a quien nos pueda aportar certidumbre dentro de la incertidumbre, a quien creamos que tiene "la visión de los mil metros", al decir de los Marines; en suma, a aquellos a quienes atribuimos la visión del futuro, que es lo que realmente nos produce inquietud por desconocido... y quizás ello explicaría también esta especie de "eclosión" de videntes, tarotistas y similares que ocupan espacios en prensa y TV, en un -vano- intento de anticipar lo que el futuro nos depara.

Nos olvidamos fácilmente que el segundo siguiente al presente ya es futuro, y que a pesar de todo, la vida continúa, y que en la mayoría de los casos, como adultos, hemos tomado el control de nuestras vidas y por tanto, hasta cierto punto podemos modelar nuestro futuro, tanto en positivo como en negativo, pues la suma de las decisiones que vamos tomando van a condicionar ese mismo futuro; olvidamos que muchas veces tenemos los resortes para cambiar esos condicionantes, y que a nuestro lado siempre hay quien puede ayudarnos a cambiar nuestro curso vital.

Olvidamos que fijarse metas está muy bien, siempre que seamos lo suficientemente flexibles y pacientes, pues no siempre la línea recta es también el camino más corto ni tampoco el más rápido para alcanzar aquello que queremos; os recuerdo que vivimos en un universo multidimensional que desde el punto de vista matemático es un universo no-euclidiano; olvidamos que las cosas no son blancas o negras, pueden tener como color distintivo una gama infinita de grises, aunque prefiero pensar que esos grises pueden ser en realidad los colores del arco iris; olvidamos que es muy importante aprender a relativizar, lo que nos dará una mejor visión de nuestro entorno y de nosotros mismos, pues muchas veces creemos vivir en el infierno cuando en realidad, a nuestro alrededor, florece la primavera.

También olvidamos que algunas veces no necesitamos fijarnos metas, sino dedicarnos a vivir sin fijar ninguna meta y disfrutar del día a día, que es algo que cada vez olvidamos más; nuestros hijos crecen y vemos como nuestras sienes poco a poco se tiñen de escarcha y cuando nos damos cuenta ya es tarde para lamentaciones.

Así que os invito a que gestionéis vuestros miedos, a que no anticipéis el dolor, a que estéis dispuestos a cometer errores y y a aprender de ellos; haceos más sabios, más fuertes, más libres y no temáis al rechazo.

Aprended a vivir.

2 comentarios:

  1. Yo también creo que, a veces, hay que fijarse el objetivo de no fijarse objetivos... para poder tener un objetivo que no dependa de circunstancias ajenas. Gracias Rafa.

    ResponderEliminar