lunes, 18 de marzo de 2013

Pasando de Android a iPhone.

En enero de 2010 pasé de un Nokia N95 a un terminal Android, el HTC Hero, lo que hizo que necesitara pasar contactos y calendario de un terminal a otro; el compendio de las operaciones que tuve que hacer las encontraréis aquí

Ha llovido mucho desde entonces y sucesivamente han ido pasando por mis manos diferentes terminales movidos por Android, enumero por orden de aparición en mi vida:

  1. HTC Hero
  2. LG Optimus Black
  3. LG Optimus 2X
  4. Samsung Galaxy Mini
  5. Samsung Galaxy SIII
Cabe decir que tengo actualmente los dos Samsung, y que el Galaxy SIII ha sido un fiel compañero de viaje y satisfacciones hasta que desde hace diez días empezó a dar problemas en forma de contínuos cuelgues y reinicios, que me han obligado a pasar dos veces por el Servicio Samsung Express y probablemente vuelva a hacerlo porque el teléfono ya no es lo que era, una máquina fiable.

Antes de dar cualquier paso, probé a usar durante unos días el Galaxy Mini, mi teléfono de viajes intercontinentales, pero pasar del SIII al Mini es como pasar de un Ferrari a un coche movido por un motor de 50cc... Y cuando vi que la recuperación del Galaxy SIII sería larga (insisto, no es operativo y va a volver al SAT), tuve que tomar una decisión.

Por un lado podía seguir con Android: la verdad es que estoy satisfecho con la experiencia, aunque también es cierto que había cosas que no me acababan de encajar, por ejemplo la política de actualizaciones del SO de los diferentes fabricantes.

Por otro lado, el iPhone: como usuario satisfecho de un iPad 3, la curva de aprendizaje no se me antojaba complicada y quizás el mayor atractivo es la calidad legendaria del servicio postventa de Apple, de la cual tenía referencia directa por parte de gente muy cercana a mí.

No tuve en consideración ni Windows Phone ni Blackberry.

Al final lo que pesa son las elecciones del entorno más cercano: mi hermano, dos primos míos, mi jefe y  una de mis mejores amigas son poseedores satisfechos de iPhone; es más, mi amiga tiene un iPhone 5 y sólo hacía que hablarme maravillas de él, así que aprovechando una oferta de una compañía de móviles,  el pasado jueves me hice con un iPhone 5 blanco de 16 Gb.

Como en el caso del paso de Nokia a Android, aquí también tenía que pasar contactos y calendarios.

Tras unas cuantas búsquedas en Internet y con el know-how adquirido con el iPad, he conseguido pasar los contactos y calendario de la siguiente manera:
  1. Ajustes
  2. Correo, contactos, calendario
  3. Añadir cuenta
  4. GMail
  5. Introduce tu nombre
  6. Introduce tu cuenta de correo
  7. Introduce tu contraseña
  8. Introduce una descripción. En este caso si no introduces nada te aparecerá "GMail".
  9. Con esto ya tendrás sincronizado el correo y Google Calendar.
Ahora vamos por los contactos.
  1. Ajustes
  2. Correo, contactos, calendario
  3. Añadir cuenta
  4. Otras
  5. Añadir cuenta CardDAV
  6. En servidor introduce google.com
  7. En usuario introduce tu cuenta de correo GMail.
  8. En Contraseña introduce tu password.
  9. Introduce una descripción. Si no introduces nada, por defecto aparecerá Google.
  10. En ajustes avanzados no deberías entrar. No obstante, los valores que deberían haber en este punto son Usar SSL y puerto 443.
  11. Con esto ya tendremos sincronizados también los contactos.
Para quienes como yo, que ya tenía ID de Apple y que pensaba que las aplicaciones de mi iPad se cargarían automáticamente en el iPhone, hay que hacer algún paso adicional. Os lo explico:
  1. Desde el iPhone, ve a la AppStore
  2. Vete a la opción Actualizar
  3. Compras
  4. Aparecen un par de botones, "Todo" y "No en este iPhone"
  5. Las aplicaciones del iPad no instaladas aparecen listadas con un botón de una nube (iCloud) a la derecha. Si las queremos bajar para nuestro iPhone, tan sólo debemos pulsar encima.
En cuanto a las fotos, hay varias opciones. Al partir de un dispositivo Android, me pareció más oportuno usar Dropbox, y de hecho tengo configurado el iPhone como tenía el SIII, en el que las fotos tomadas que no estaban subidas a Dropbox se subían automáticamente al conectar con una WiFi. 

Por si hacéis la pregunta, descarté iCloud desde el inicio. 

Tengo que decir que como cliente de correo uso GMail para iOS y como navegador Chrome, por considerar en el primer caso que es mucho más intuitivo que el cliente Apple y en el segundo porque es más rápido que Safari.

¿Diferencias entre uno y otro? Sutiles, pero las hay. Desde el punto de vista de máquina, el iPhone es rapidísimo en su interacción con el usuario, mucho más que cualquier Android que haya visto hasta ahora. La duración de la batería también es claramente superior en el iPhone versus Galaxy SIII. En cambio, en cuanto a opciones de configuración es superior Android; en el mundo iOS, sólo se pueden hacer las cosas como las han pensado en Cupertino. Si hablamos del Galaxy SIII, el tamaño de la pantalla es un must. 

Las apps: en general las versiones de iOS tienen más opciones que su contrapartida Android, aunque cada vez menos: por ejemplo en Whatsapp iOS puedes borrar un mensaje aislado, mientras que en Android tienes que borrar todo el chat; o Spotify, que en la versión de Android tiene un ecualizador y en iOS no. Cabe decir que a igualdad de app, se ejecutan más rápidamente en iOS que no en Android, aunque también puede ser que parezcan más rápidas por la inmediatez de la interacciones del usuario.

Estoy muy satisfecho del cambio y aunque sigo pensando que Android es mejor teléfono que iPhone (al igual que pienso que iPad es mejor tableta que Android), para mí lo que ha inclinado la balanza es la calidad del servicio post-venta de Apple.

¿Y vosotros, lector@s, qué opináis? 

lunes, 4 de marzo de 2013

Un cuento sobre un consultor.

Érase una vez, en una empresa que no es ni tiene nada que ver con la organización para la que trabajo… 

Así empiezan los cuentos, ¿verdad? Hoy toca uno para consultores. 

Pues eso, “Érase una vez…” 

Había un consultor que estaba absolutamente dedicado a su trabajo y casi había dedicado su vida a dar valor a todos los proyectos en los que intervenía. Trabajaba y trabajaba, y trabajaba más, hasta que por una serie de circunstancias, se dio cuenta, mirando a su alrededor, que las cosas no marchaban bien. 

Los proyectos se gestionaban por imposición, la interlocución con el cliente tendía a ser nula, y el estilo de dirección tendía a ser despótico. No había comunicación entre dirección y empleados, y si mucho sufrimiento por parte de éstos últimos, así que empezaron a buscar otros horizontes y comenzaron a cambiar de empresa. La dirección claramente prefería no enterarse del problema. 

Así que nuestro protagonista pensó que había que hacer algo. Como buen consultor, empezó a mirar a la compañía no como el lugar donde trabajaba sino como cliente que necesitaba análisis y consecución de valor. Tras una sesión de trabajo en la que algún miembro de la dirección perdió claramente el rumbo, nuestro protagonista decidió enviar un email con un conjunto de preguntas clave, dirgido a los tres primeros niveles de decisión de la compañía. 

Esperó pacientemente una respuesta que nunca llegó… o al menos esto pensaba. Si notó que el trato con los niveles ejecutivos había cambiado con respecto a él…y después de hacerle renunciar a parte de sus vacaciones para liderar funcionalmente el arranque de un hospital -record mundial: de 18 meses tiempo medio de implantación y arranque a 3 semanas de trabajo non-stop- con un equipo que en algún momento fue de 8 personas, ve como le obligan a renunciar a otra parte de sus vacaciones para no hacer nada. 

Esto fue agotando la paciencia de este consultor, pero a diferencia de sus ex-compañeros, él tenía una misión: debía continuar con el proyecto al que estaba ligado pues su compromiso era a partes iguales con la compañía y con el cliente. 

Hasta que llegó un día en el que recibió un email en el que le convocaban, junto a otros, asistir en una ciudad, a 300 Km de donde vivía, a un kick-off en el que se iba a presentar el nuevo organigrama de la compañía y se invitaba a expresar su opinión, si procedía. 

Así pues, nuestro protagonista cogió su coche y se dispuso a asistir a dicha reunión. Al llegar, se sentó en la mesa, y esperó pacientemente a que presentaran la nueva organización. Cuando acabó la exposición del Director General, nuestro pobre consultor estaba lívido, pues la nueva organización no hacía sino acentuar los problemas que él, a su nivel, había detectado. 

Cuando el Director General dijo las palabras “si tenéis alguna pregunta o sugerencia, ahora es el momento…” no se lo pensó dos veces y dijo algo así como “me gustaría poner en crisis este organigrama”. Se hizo un silencio sepulcral y nuestro consultor fue invitado a exponer su punto de vista. 

La tensión se podía cortar con un cuchillo cuando nuestro protagonista se acercó a la cabecera de la mesa para poder exponer su punto de vista sobre el organigrama proyectado. Su intervención no duró más de dos minutos, pero cambió para siempre su vida y la de algunos de los que estaban en la mesa. 

Expuso su punto de vista, razonó los cambios que él proponía y cambió la parte superior del organigrama, tanto, que aunque rápido de reflejos, sobre la marcha, lo corrigió, durante 5 largos segundos la Vicedirectora General había quedado fuera del organigrama. Hubo una cierta irritación por parte del Director General, pero aparentemente nadie le dio importancia. 

En el viaje de vuelta, que en el que iba acompañado por otro consultor tan experto como nuestro protagonista, le dijo: 

-”Amigo consultor, espero que entiendas que te has inmolado delante de toda la compañía.” 
-”Ya lo sé, pero yo tenía que hablar, sentía que era el momento de hablar y lo he hecho.” 

Y los problemas se acentuaron, tanto que nuestro amigo consultor se pasó varios meses sentado delante de un ordenador sin tareas que hacer. Se dio cuenta que era una maniobra para que por voluntad propia abandonara la compañía… 

Pero él tenía su misión. Así que hizo lo que nadie esperaba que hiciera: Se dedicó a apoyar a sus compañeros y a trabajar para ayudarles, en suma, para hacerlos mejores. No le fue fácil, pues había una consigna no escrita de no pedir ayuda a nuestro amigo, pero como más sabe el diablo por viejo que no por diablo, fue detectando los puntos débiles de sus compañeros y reforzándolos con su consejo y experiencia. 

Esto no pasó inadvertido a ojos de la dirección, pues realmente pensaban que su comportamiento había sido para entorpecer la marcha de la compañía y lo que empezaban a ver es que realmente este consultor lo que quería era aportar valor y hacer crecer a la organización. 

Pasaron las semanas y llegó un día en el que el presidente de la empresa llamó a nuestro amigo, y éste pensó “bueno, carta y talón… ¡qué le vamos a hacer!”. Lo que se encontró fue que mirándole muy fijamente el presidente preguntó: 

-”¿Estás con nosotros?” 
-”Nunca he dejado de estar con vosotros”, respondió. 

A partir de ese momento empezaron a cambiar las cosas… Hasta que un dia se anunció un proceso de coaching en la que nuestra vicedirectora general, abandonaba el cargo para pasar a ser coach… y su primera cita fue con nuestro amigo. 

El consultor estaba un poco inquieto, pero como persona madura con experiencia, decidió tranquilzarse y pensó: “lo máximo que puede pasar es que me despida…”. Cuando entró en la habitación donde se iba a celebrar la sesión, notó que la coach estaba mucho más nerviosa que él. 

De nuevo, hizo lo que no se esperaba que hiciera: nuestro amigo le dijo a la coach que venía a escuchar, con humildad, que habían tenido sus diferencias, y que sentía que había llegado el momento de enterrar el pasado y trabajar juntos. La coach contestó: “pues no sabes el peso que me has quitado de encima”. Y empezaron a hablar… y la coach empezó a escuchar… y al final ambos descubrieron que estaban mucho más alineados de lo que en un principio parecía. 

El coaching desapareció… y la coach volvió a ser Vicedirectora General… y el organigrama del kick off desapareció, sustituido por un organigrama que en un 95% era el que nuestro consultor había descrito. Aunque no cambió su categoría profesional, a nuestro consultor se le pedía constantemente opinión por parte de los máximos niveles ejecutivos. Terminó lo que él consideraba su misión, y cuando lo vinieron a buscar de otra empresa con la promesa de nuevos retos profesionales, no lo pensó: aceptó. 

Jamás en la historia de la organización se había dado el caso de que la dirección quisiera estar presente en los actos de despedida, ni en la videoconferencia con sus compañeros de los servicios centrales, ni en la oferta de que si se aburría en la otra empresa, siempre podía volver con honor, ni en el reconocimiento por los servicios prestados. 

Hace poco, nuestro amigo consultor se encontró en un acto con uno de los excompañeros que había salido de esta empresa y juntos se encontraron con el Director General de la empresa… al excompañero ni lo miró, en cambio con nuestro amigo se fundió en un abrazo. 

Y colorín colorado…